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Moda y cultura bizarra

¿Qué tiene en común el jazz, un guionista de TV, los realitys shows, un saxo “spinetteano”, la moda, las artesanías, Un vestido de novia, un amor y la cultura? La respuesta en un solo acto está al final de la nota.


Noche otoñal de viernes 27 de marzo. De la cartelera elijo escuchar el saxo de Rodrigo Domínguez en Salta. Este melómano llega apurado a las 21 para escuchar buen jazz en el primer piso del Centro Cultural América. Al llegar, la escena no era la esperada.

Ese melómano soy yo. Me llama la atención la sala llena. Primero me alegré (¡que bueno!). Luego miré al público presente y no era el que va precisamente a escuchar jazz. Me encontré con mucho más que eso (ó mucho menos que eso). Había una feria artesanal, presentación de libro, un desfile de modas y jazz. Es decir, un trago bizarro de “chicha y limonada cultural”.

Al frente estaba “un señor con acento finito…” (Luca Prodan) llamado Marcos Gorban, productor de TV porteño, respondía a un heterogéneo público con ciertos aires de pomposidad de escritor sobre la cultura del “zapping”. Fue paradójico porque al tiempo que definía el concepto, él mismo no parecía darse cuenta que estaba inmerso en un acto propio de una “cultura zapping”.

Al principio pensé que me había equivocado de lugar. Pero no. Según podía leer en los banners había llegado al acto introductorio del ciclo “La Cultura está de moda” (¿…?). Este productor y periodista porteño seguía con su latoso discurso porteño de autobombo sobre su primer libro “Pura Coincidencia”. No era su culpa claro está, pero la escena me dejó perplejo. No sabía bien que pasaba y ¿porque había un escritor hablando de los “reality shows”?.

En el centro de la escena me tranquilizó ver un set de instrumentos propios de jazz. Terminan las preguntas, ahora viene el jazz. Pero no. Una linda locutora rubia presenta un desfile de modas. Queee! Noooo. ¡Siiií…! Un desfile de “vestidos de novia históricos” de ignotas señoras salteñas que los habían utilizado los años 60 a la fecha, con música de fondo remixada de la marcha nupcial. Dirán ¡Noooo lo puedo creer…!! Siiiiiií. Creer o reventar.

Una vez más me dije, debo estar equivocado de sala. Este no puede ser un recital de jazz. Había niñas jovencitas, hermanas, tías, mamás abuelas, a quienes le brillaban los ojitos, mientras miraban desfilar cándidas quinceañeras con vestidos blancos amarillentos aun con las rallas marcadas (debía ser por los años de bien guardado que estaban los vestidos novieros).

¿Y el músico de jazz Rodrigo Domínguez? Eran las 22.30 de un recital anunciado para las 21 horas. Si alguien se sigue preguntando: ¿Qué tienen en común, un vestido de novia, una feria artesanal gauchesca en la antesala, una presentación de un libro de un guionista de “realitys shows” y un recital de jazz?

La respuesta se la puede dar un “altisimo” funcionario que no depende de la Secretaría de Cultura, tampoco del Ministerio de Turismo y Cultura. El “factótum” (dícese de una persona de plena confianza de otra y que, en nombre de esta, atiende sus asuntos y negocios) de este “menjunje” es el titular de ese inefable organismo político partidario llamado Coordinación de Proyección Cultural del Gobierno de la Provincia de Salta. Sí, este espectáculo bizarro lo pagamos entre todos en nombre de la cultura.

Está dirigido por el “nochero” Kike Teruel (foto) y su hija Verónica Teruel, ambos funcionarios que manejan recursos propios fueron designados para esta tarea y depende directamente de la Secretaría de la Gobernación de Juan Manuel Urtubey.

Noche de viernes, 22.45: Finalmente entran en escena el saxofonista Rodrigo Domíngez y sus notables músicos. Luego del primer tema “Cementerio Club” de Spinetta, se recompone la escena bizarra. Desaparece la rubia conductora, las niñas modelos, el porteño latoso y las mamás, abuelas, hermanas, tías, junto a todas sus camaritas fotográficas.

La “distinguida” platea del Salón Dorado del C.C.A de Mitre 23, se escapa raudamente en los intervalos. El éxodo se cumple. Quedamos solo unos pocos para escuchar el buen jazz. “Pocos pero buenos… dijo un espectador. Al final de la grotesca escena por fin me consolaba escuchando los acordes de “spinetteanos” del prodigio saxofonista y su grupo.

Ver más en: Un saxo «Spinetteano»

Rodrigo Domínguez y su saxo

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