Si descubrir e imaginar son términos intercambiables, estos poemas se atienen a ello en sus espacios y signos: hay una forma de habitar el mundo en el pliegue de un pétalo de rosa o en el recurso íntegro de la lluvia, amables giros, indagaciones que se saben irresolubles y detalles que solo podrían hallar su espacio vital en una página, acaso «para saber si estamos definitivamente solos», acaso para cerciorarnos de que «este mundo existe/ pero cada uno tiene que saber por qué».

Una característica de cierto rincón literario que usufructúan algunas religiones, casi inmobiliariamente, y que se designa como «infierno», es la ausencia de tiempo (igual que en una fotografía); el presente volumen reviste la característica del viaje, de un constante desplazamiento y de la experiencia como criterio de verdad, «porque lo que quiere todo sueño es cambiarnos de lugar»; pero, ¿quién podría saber cuándo le será revelado algo por primera vez, es decir cuándo ha de volver a recordarlo para contarse su propia historia y contemplar al fin lo que guardaba ufano el corazón?







