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Vital y metafísico

Días pasados, las columnas del diario La Nación dieron cuenta de un cambio de opiniones entre la crítica Ivonne Bordelois y el escritor Juan Monteleone, a propósito del Primer Premio Nacional de Poesía, conferido este año a Diana Bellesi. Por cierto la profesora Bordelois, apuntó más que a cuestionar el lauro a Bellesi, de quien reconoció su “tenaz trayectoria profesional”, a la reivindicación de la figura y la obra del autor sanjuanino Jorge Leonidas Escudero, de noventa y un años, al que le otorgaron una simple Mención en el certamen.


Sin decirlo dio a entender que también en cuestiones de gustos y de lauros poéticos, Dios sigue atendiendo en Buenos Aires y privilegiando a sus autores.

Es de lamentar por eso la existencia casi subterránea de otra literatura, diáfana, profunda y de excelencia traducida en creaciones enraizadas en las más auténticas realidades locales de la Argentina, de donde es posible extraer la mejor cuota de universalidad, como pensaba Tolstoi del escritor que lograra describir su aldea. No obstante, cuando sus manifestaciones llegan aquí suelen pasar desapercibidas por el público lector, movilizado por las efectivas campañas de propaganda del negocio editorial. Es más, esas expresiones muchas veces ni siquiera arriban a la Capital y se conocen en círculos muy limitados. Me pregunto así, ¿en cuántas vidrieras se exhibió a partir de 2006 el volumen de la Obra Literaria del salteño Walter Adet que editó entonces la Secretaría de Cultura de Salta? Pretextos sobran y se adjudicará la falta de ejemplares en el mercado a las tiradas escasas y a la mala distribución de las publicaciones hechas en las provincias, pero en rigor todo se corresponde con el desinterés que demuestran las cadenas de librerías por la producción del país profundo, salvo excepciones aisladas como el caso de la novelística de Héctor Tizón.

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Hace casi una década, por ejemplo, una comunicación firmada por Oscar Tacca aparecida en el Boletín de la Academia Argentina de Letras, me predispuso a leer la obra de Aledo Luis Meloni. Sólo pude acceder a ella luego de entablar con el propio Meloni – una vez obtenida su dirección en Resistencia, gracias a que me la proporcionara el escritor Carlos Alberto Dávila y me insistiera en escribirle la profesora Dolores de Durañona y Vedia– una para mí honrosa y fructífera amistad epistolar y a enviarme él a partir de entonces sus trabajos precedidos por generosas dedicatorias. Porque doy fe de que nunca vi sus numerosos poemarios anteriores, ni sus recientes colecciones de haikus como “El trébol verde” (2009), de relatos como el titulado “Tal cual” (2010) o la reunión de sus ingeniosos y noticiosos comentarios bibliográficos como “A cada cual lo suyo” (2010) en las librerías porteñas; una circunstancia nada auspiciosa ciertamente, menos para el autor que más allá del bien y del mal no se desvela por la promoción sino para sus potenciales lectores.

Aledo Luis Meloni, radicado desde 1937 en el Chaco, fue durante veinticinco años maestro rural allí, ejercicio que lo hizo testigo y víctima de la recurrente dejadez oficial ante el drama de la miseria con sus efectos crónicos, como el riesgo para los pobladores en general y las comunidades educativas en particular, como la de su recordada Escuela 186, de Pampa Dorotier, a diecisiete kilómetros de General Pinedo, una zona chaqueña de monte y vinchucas, donde alumnos y docente contrajeron el mal de Chagas, sea en los ranchos en que se habitaba y en la escuela rancho donde se enseñaba y aprendía, característicos e insalubres refugios de barro con techos de paja diseminados en el Noreste y el Noroeste argentino que tanto luchó por erradicar el doctor Salvador Mazza. Al respecto sugiero leer la testimonial y sabrosa crónica de Meloni: “Mi relación con las vinchucas”, aparecida en las columnas de Norte Chaqueña en agosto de 2011.

Otro cuarto de siglo lo dedicó al periodismo en medios locales, actividad en la que continúa dando a la prensa notas firmadas de alto nivel que enaltecen el género del artículo. Sin embargo este aquerenciado chaqueño como también lo fue -a partir de 1957- su amigo y colega el entrerriano Alfredo Veiravé, nació en Bolívar en 1912, la población bonaerense que dio al país otro ejemplar escritor: Adolfo Pérez Zelaschi (1920-2005).

Cuenta su biografía que comenzó tarde a publicar, al frisar los cincuenta y tres años de edad, aunque de las fechas de edición de sus libros resulta la periodicidad de sus entregas desde la inicial “Tierra ceñida a mi costado” (1965) hasta el presente. Así se llega ahora a “Poesía Elegida” (2011), una necesaria antología de este miembro correspondiente en Resistencia de la Academia Argentina de Letras y doctor “Honoris Causa” de la Universidad Nacional del Noreste, editada por el Instituto de Cultura del Chaco, en volumen prologado por Mila Dosso y que luce una explicativa contratapa de Silvia Robles, presidenta del organismo oficial responsable de la publicación.

Desde la primera página se advierte la soltura, es decir el innato don del canto que caracteriza a Meloni, la identificación con el terruño adoptivo y el afán casi de rapdomante por develar esencias mágicas sumergidas en las cotidianidades incluso prosaicas: “Para escuchar el latido/ elemental de mi sangre,/ voy, tierra, voy al encuentro/ de tu pulso innumerable”. Más que descripciones hay experiencias exteriores subjetivadas y hay responsabilidad ética y estética de manifestarlas a plena voz, lo cual no significa hacerlo a gritos sino bajo la consigna de no permitirse ahorrar o ahogar notas de su diapasón lírico. Coplas, romances, haikus y otras formas métricas ofician de ramajes por donde florece el canto, son sus vehículos propicios y nunca los mecanismos vacíos y ripiosos para una versificación carente de mensaje.

El poeta se juega en cada verso por la naturalidad, de forma tal que su travesear -a veces- con las palabras, corresponde sólo a la imagen lúdica de una asumida y perseverante actitud vital sin quiebres ni distracciones. Uno de los rasgos de su ingenio y de las muestras de su inspiración, consiste en que no llega extenuado al siguiente renglón, siempre límpido, elocuente, decisivo: “Como ya tengo la llave/ de la caja de Pandora,/ por suerte o desgracia, ahora/ ninguna sorpresa cabe./ Ahora soy el que sabe,/ pero también el que llora,/porque ya tengo la llave/ de la caja de Pandora”.

Dice y remata sin anotarse moralejas de fábula, sin tentarse a realizar ningún aterrizaje forzado en la expresión rotunda en detrimento de la sugerencia, ese ascenso del arte contra el viento de las evidencias. De allí la fantasía que enmarca su sencillismo, su enamorado “andar de asombro en asombro,/ casi sin tocar el suelo”. Y de allí también la nostálgica tensión dramática, al memorar el tránsito por pasadas existencias en el ciclo de la maduración personal; nunca una metamorfosis involutiva hacia la pérdida de la inocencia. Conciencia cristiana de sucesivas resurrecciones en la Gracia antes que encarnaciones budistas; de allí que su reminiscencia sea ajena al “temor de haber sido” expuesto por Rubén Darío en “Lo fatal”: “Es un caballo desbocado la memoria./ El trigal se movía como un rebaño verde;/ y éramos algo del trigal nosotros/ los que entonces mirábamos aún con ojos inocentes.”

Aledo Luis Meloni llega con la sinceridad de sus verdades o veracidades y deja al lector la tarea de confirmarlas: “Poco le basta a la copla, / poco para ser feliz:/ que haya un cantor que la cante/ y alguien que la quiera oír.”

Se arrima a las cosas y a los seres hasta recibir sus mensajes esenciales que trasmite en refinado lenguaje poético, al alcance de la sensibilidad y ajeno a la sinrazón de cierto cripticismo en boga: “La voz más fiel de la tierra/ no es la que anda en el aire; / es la que nos suena dentro/ junto al rumor de la sangre”.
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Ni una palabra vacilante ni una sílaba de más ciñe la cintura abrazada de las siemprevivas ilusiones: “Razón y vida he perdido/ en una empresa ilusoria:/ querer grabar en el tiempo/ la eternidad de una copla”.

Así son sus versos, abiertos al encuentro y a un diálogo interior sujeto a la condición de la autenticidad, a un yo-tu posible e integrador poema a poema. Confidencias líricas capaces de verificar que el corazón habla al corazón, según el lema “Cor ad cor loquitur” del escudo cardenalicio de John Henry Newman. Al leerlos se siente que hay en ellos mucho más que letras de molde, se intuye que representan leños encendidos del convidante fogón criollo de Meloni.

Quienes gozamos de su camaradería, bien sabemos que vale la pena cultivarla en forma paralela a la amistad de sus libros.

  • Carlos María Romero Sosa

    Poeta y crítico.

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