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Vidala para mi sombra

Foto-Morales-chica.jpgJulio Santos Espinosa (1 de noviembre de 1928- 2 de julio de 1989) nació en Salta, cuando un noviembre encendido se quedó para alumbrar el nacimiento de quien sería el hijo predilecto de las musas del territorio salteño, aunque la vida injusta se encargó de sembrar las semillas del olvido sobre la árida tierra de muchos de sus comprovincianos. Las alas inmortales de sus poemas y canciones redimieron tanto olvido y se quedaron para siempre habitando el inconsciente de su gente. Aún hoy muchos silban sus canciones sin saber muy bien quién fue su autor.


«Y dónde otro país para esta sombra que los muros y la propia tierra, viniendo conmigo con las lámparas indecisas de la infancia y los corredores de la casa vieja, arrinconarse junto a mí sin preguntarme nunca, cuánto dura este tiempo de estar oyendo los relojes que ensayan el rumbo de mi sombra hasta la última muerte».

El primer soplo de sombra helada penetra en su alma y bebe de ella como el elixir que le daría por siempre una nueva vida marcada por las fronteras de los caminos espirituales.

La sangre azul de la poesía corría por sus venas, alimentando su alma de arcanos misterios y sondeaba el corazón de la noche como su propio dueño.
Donde las sombras se rebelan y el olvido tiembla con alas nuevas, donde se esconden las almas y se renuevan los profetas, en el pasaje de sombras con olor a madera nueva, fue gestando una vida que marcaría por siempre sus 63 años de profecías y misterio.

Nace en Salta un olvidado 1 de noviembre; de chico pasa sus días, mirando el lento transcurrir de los hijos de Güemes. Va forjando su porvenir entre el olor nuevo del papel y las letras, apuntalando los maderos que sustentarían al gran poeta que empezaba a despuntar mediante escritos que luego se perderían en el humo del tiempo.
Sus siestas pasan en un conventillo de la calle Alvarado al 200, recuerdos que plasmara años más tarde en el libro «El hombre de barro», donde reina la felicidad de sus primeros años.

Escribió mucho y se mostró poco. Quedan las cenizas de algunos de sus temas. Hay otros que trascendieron mas allá de las fronteras imaginables, «Pollera de septiembre», «Anillo de humo», «Pañuelo de amor», «Tata Iguazú» (canción Litoraleña) y «Canción para Federico». Sin olvidar su tema más logrado, un tema que mezcla la metafísica, la mitología que ronda las costumbres de un pueblo y que se desliza en sus letras un dejo de pudor típico de gente de alas elevadas.

«A veces sigo a mi sombra / a veces viene detrás / pobrecita si me muero / con quién va a andar. / No es que se vuelque mi vino, / lo derramo de intención / mi sombra bebe y la vida / es de los dos.»

Sumido en la pobreza aprendió de joven el arte de trabajar la madera, cincelaba el espíritu del tronco con la ardiente paciencia de quien acaricia una bella poesía.
Sus entradas y salidas del hospital empezaron su danza macabra, ya el diablo del vino se mezclaba entre los burdeles paganos que ardían en su cabeza. El libro de la noche abría sus hojas para bordar su nombre en luciérnagas de tristes colores.

Anécdotas

Dicen que cuando compuso su «vidala para mi sombra» a los veintisiete años ya miraba de otra manera, ya se perdía buscando aquel horizonte fantástico donde bailan desnudas las vírgenes de la poesía.
Que Juan Carlos Dávalos le dijo en el año 55 que la vidala estaba predestinada por desconocidos designios a convertirse en popularmente universal. Y así seria nomás, ya que según los registros no tan precisos de Sadaic, la vidala de Espinosa como la llaman algunos es el segundo tema Argentino más grabado ya que arriba esta «La cumparsita» y sigue de cerca «El día que me quieras».

Que él no se la dió a Atahualpa Yupanqui contradiciendo en esto el rumor popular y que cuando la escuchó por éste sólo atinó a decir que no lo convencía del todo la interpretación.
Dicen que su eterno romance con la muerte lo llevó de mano en mano de canción en canción, «Todas mis canciones tienen una señal muy triste, siempre terminan en muerte». Dicen que Castilla solía corregirle los versos entre vino y vino, y la eterna broma que se repetía, «Este Julito sé no va para arriba en cualquier momento».
Casi todo artista folklórico hizo uso y abuso de tan delicado tema y esto se expandió al rock nacional multiplicando las grabaciones y se sumaron artistas internacionales que pusieron sus voces en esta vidala, algunos con más acercamiento espiritual que otros.

La sombra final

No podía ser de otra manera. Tenia que irse en las alas del mismo silencio que lo vió llegar, acobardado por el aire enrarecido del hospital Christofredo Jacob que espantaban las musas de este inigualable creador Salteño.

Sabía de la música que le gusta a la muerte,

sabía de su indiferente impaciencia,

sabía que la poesía nunca termina en olvido,

cruza los puentes reinventándose cada día,

en un silbido de gorrión

o en la plaza donde muere un beso apasionado.

Será por eso que cuando murió se paralizaron las diosas y en delicada armonía despidieron al cantor del pueblo.

Como un Orfeo de cristal nuestro poeta supo desviar los cursos naturales de las palabras y llevarlas hasta el altar mismo de la belleza, descifró el canto encendido de las sirenas y comandó la gran caravana de antorchas dispuestas al hechizo.
Espíritu errante de sublime alas nos dejó como un manto divino el mantra sagrado de su pluma, de sus palabras quebradas, esa fibra invisible que nos ensambla a la danza nocturna de los ángeles…

Dicen que cuando murió, aquella tarde apurada, en Salta aparecían las primeras estrellas; y en la televisión empezaba «División Miami» cita obligatoria para muchos salteños ya que era el único canal con que contaban. Y como Dios ya lo había acomodado muy cerca suyo, quiso darle la justa despedida que merecía tan alto poeta: en aquel viejo capítulo de la serie al entrar en un burdel los protagonistas conversan con el soplón de turno, mientras atrás de ellos, siete mariachis entonan la «Vidala para mi sombra» de Julio Santo Espinosa.
El poeta dejaba su tierra entre vítores y alabanzas mientras su sombra se dormía para siempre en el lento ritual de un doloroso adiós.

Noches blancas,

astillándose contra la sangre del horizonte

de un vino,

de aquel vino fantasmal que se apoderó de todas las sombras,

mientras la tinta de su alma lloraba en silencio por una melodía desconfiada

que no volvería a ver,

el tímido corazón de una guitarra que callaba para siempre,

dormida en la letanía de un ardido poeta.

Y tal vez deseas quedarte y no me quieras seguir pero, a quién has de arrimarte ¡me tienes tan sólo a mí! Achatadita y callada dónde podrás encontrar una sombra compañera que sufra igual. Sombrita cuídame mucho lo que tengas que dejar, cuando me moje hasta adentro la oscuridad».

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