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Una herida que sangra…

Día de lluvia. Triste aunque benigno. Día feriado. Feriado que apela a la emoción y al recuerdo de años negros, confusos y polémicos en la historia del país. Subió a escena en el Salón Auditórium la obra “Alice Du Monde (la femme du miracle)”.

“Alice Du Monde”

El trabajo de breve duración es una producción del grupo La patota teatral-con dramaturgia de J. C. Sarapura y dirección de Diego Parra- dos exponentes de la generación treintañera del teatro local. En el año 2000 la organización Abuelas de Plaza de Mayo inició el ciclo “Teatro por la identidad” con la idea de promover la recuperación de la identidad de 500 niños que fueron secuestrados en la época de la dictadura.

El ciclo se inició con la obra”A propósito de l a duda” de Patricia Zángaro. De allí en adelante esta temática se amplió y pasó a denominar necesariamente a la problemática de la memoria y la justicia, línea que continúa de gran manera el compromiso político generado con el fenómeno Teatro Abierto de los años 1981 y que tras diferentes vaivenes bajó el telón en el 86, siempre en la gran metrópoli porteña.

Esta es la línea a la que adhiere el montaje de Alice Du Monde-en clara referencia a la monja Alice Domon quien junto a Leonie Duquet quedaron en la historia oscura como “las monjitas voladoras”. Ambas religiosas, sobrevivientes de la gran guerra en Europa llegaron al país y atravesaron los años de la dictadura más heavy.

Los juicios a sus supuestos asesinos forman parte de una crónica interminable aún.

La versión de Diego Parra se sustenta en “la esperanza de justicia y en la ardiente paciencia”, en la memoria comprometida. Efectivamente la puesta de Alice se enmarcó en la trayectoria y la evocación de los hacedores de Teatro Abierto, la resistencia del mítico grupo de Leónidas Barletta -el Teatro del Pueblo- a través de la proyección previa de un documental reconocido “País cerrado,Teatro abierto”.

Casi al toque de esta retrospectiva, en una puesta sustraída de casi todo el artificio teatral, tres actores encarnaron los clásicos roles del victimario y las víctimas. Allí el trabajo se ahoga en el lugar común de esta clase de temáticas. Se apela al efectismo, a la mueca de espanto permanente y a un monoclima de extrema densidad donde nada de lo humano tiene espacio.

Tanto que hace que se pierda un logradísimo texto, con ensambles en el relato y tempos acertados, un video que oficia de prólogo de muy buena factura en la edición de imágenes testimoniales y un diseño lumínico que aspiraba a más.

Este trabajo fue pensado para ponerse en escena en un encuentro de docentes de francés, por lo que estas funciones forman parte de una circulación plus, es necesario pensar también que esta clase de obras frecuentemente son devoradas por la temática, sobre todo si la crueldad se muestra de manera directa, se testimonia con el cuerpo atravesado de dolor y el material de trabajo dramatúrgico es una época tan polémica para la ciudadanía.

Por ello lo que menos puede decirse de Alice Du Monde presenta “una visión particular de una herida que sangra”. La obra claramente denuncia una injusticia- el asesinato absurdo e impune de los ciudadanos disidentes de la década del 70-, baja una línea por la actualización de la memoria y diseña los efectos dramáticos para producir la adhesión del espectador.

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