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Un elenco con ganas de provocar un éxito

Amada de la Noche y su pusilánime operador Eduardo son los sujetos más turbios de todos, y son los últimos en degradarse. Manifiestan un absoluto descompromiso con todos sus desesperados oyentes nocturnos, generan una intimidad de pantomima y resuelven todo con una falsa sensibilidad.


Los fines de semana del 25 y 26 de junio y el 2 y 3 de julio en el Teatro de la Fundación Salta, tendrán un condimento especial si el plan de salidas se decide por el teatro. “Pavlov…dos segundos antes del crimen” de Gustavo Ott con dirección de Luis Caram, actor salteño será una buena propuesta para comentar.

El elenco por orden de aparición: Miriam Díaz, Juan Carlos Sarapura, Guido Núñez, Bernabé Bustos, Belén Carballo, Joti Hernández, Ana Carolina Beltrán.

La campana de Pavlov

Iván Petróvich Pávlov (1849-1936) es reconocido como un precursor del conductismo, una teoría del desarrollo psicológico y del aprendizaje que sigue vigente en las cabezas de numerosos educadores. Al famoso fisiólogo ruso se le atribuye el concepto científico bautizado como “la campana de Pavlov”.

Descubrió que su perro, al momento que escucha los pasos de Pavlov y el sonido de la campana que éste trae, reconoce en su cuerpo que está a punto de almorzar y genera prematuramente la salivación necesaria para tal menester.

Una observación del fisiólogo nóbel que dio a la ciencia el concepto de “reflejo condicionado”(ante tal estímulo-la campana de Pavlov- tal respuesta- la salivación unos segundos antes del hecho).

Gustavo Ott tomó esta idea para delinear en su obra “Pavlov… dos segundos antes del crimen” los momentos anteriores de sus personajes ante un hecho común que los reúne a todos en calidad de sospechosos. Con esta estrategia el autor venezolano perfila científicamente sus personajes, los observa en los instantes previos a la muerte de Amada para ver sus respuestas condicionadas y les atribuye causales.

Experiencia dramatica macabra

Construye así una especie de experiencia dramática macabra situándose en el género policial, usando una estructura circular y un relato fragmentario. La puesta en escena respeta esa idea del relato y lo matiza con avances propios del discurso periodístico depositando el énfasis en algunas claves del medio radial: se incorporaron gacetillas y anuncios policiales en la obra que nos dejan avisados del hecho criminal en voces de periodistas o profesionales que nos resultan cotidianos.

Miriam Díaz en
Miriam Díaz en
El anuncio de la muerte de Amada de la Noche, conductora de un confesional nocturno, provoca el flashback en la acción dramática y sitúa a los espectadores en los instantes previos al contacto con esta fémina infame. La tarea del espectador será la de reconstruir el relato y buscar o atrbuir sus posibles móviles.

La acción es mostrada en recortes y fragmentos. Cada personaje tiene su momento y eso le permite la estructura caleidoscópica donde una pieza común empieza a desencastrarse y a salirse de eje provocando un derrumbe inminente en todas las demás piezas de la intriga. De pronto no es ya la palabra de Amada de la Noche la que dispara las acciones del resto de la fauna sino que cada uno de ellos se va construyendo o abatiendo ante nosotros.

La manipulación de la soledad

El lazo que los oyentes en la ficción teatral establecen con Amada es una especie de hilo de Ariadna que los conduce al reconocimiento de su degradación. Desolación que comienza por el descubrimiento por parte del espectador de sus terribles soledades y de la inexpugnable incomunicación que atraviesa temáticamente toda la obra.

Estos personajes están desolados: Paco está cercado por las exigencias masculinas de su oficio y sus ocultos deseos sexuales, Pili no logra superar un hedonismo patológico que la lleva frenéticamente a la práctica de la masturbación y al ejercicio de la estupidez laboral, Mauricio, invadido por sus delirios mesiánicos, reprimido y ahogado por la manipulación materna, Consuelo es el sujeto de la ignorancia y está intoxicada del discurso femenino que han consagrado las novelitas de la tarde.

Amada de la Noche y su pusilánime operador Eduardo son los sujetos más turbios de todos, y son los últimos en degradarse. Manifiestan un absoluto descompromiso con todos sus desesperados oyentes nocturnos, generan una intimidad de pantomima y resuelven todo con una falsa sensibilidad.

Desde allí Ott parodia y acusa esta característica de los medios actuales; medios que generan un espacio tramposo para espectacularizar a sujetos oprimidos cuya pobreza va más allá de su aparente imagen. Sujetos que ven en ese reducto falsamente intimista el lugar para confesar sus miserias, pensando que esos dolores serán escuchados y validados y que eso les ayudará a sobrellevar hasta la noche siguiente sus vacíos existenciales.

La brújula que defenestra

El medio de comunicación -de incomunicación en realidad -se convierte en el dirigente de la vida privada, en la brújula que consagra o defenestra los hechos privados, les otorga un tiempo a los oyentes porque son el contenido del programa y al toque los disuelve en función del mismo tiempo y del próximo oyente cuya confesión desplazará el interés del público y justifica la tanda musical o publicitaria. Esta Amada de la Noche no es muy diferente de nuestra Anabella Ascar de Crónica TV o de Silvia Barrios de Radio 10 y otras féminas de mi antología insomne.

Dos de los actores de la obra
Dos de los actores de la obra
Resultan curiosos muchos signos de la puesta por sus desajustes: una escenografía en blanco y negro que delinea en sombras los ámbitos, contrapuestos con un atractivo vestuario, en colores de fuertes contrastes, postizos capilares de muy buena factura artística que caricaturizan a los personajes.

Mientras uno espera una actuación despegada de los códigos realistas por la propuesta visual ésta sigue el estilo naturalista y la dinámica de la obra se aleja del ritmo acelerado del cómic que aparentemente propone la dirección.

El monólogo del final en que vemos a Amada de la Noche reconstruyéndose, el único momento de desequilibrio, de desacartonamiento del personaje, se ve invadido por el cliché de lo policial al estilo Hichcock, sin privarse del puñal en manos de Mauricio y ni del apagón final que todos avizoran.

Aciertos y desconciertos

La dinámica de la obra se ralenta por el excesivo detalle que se puso en la ambientación, los múltiples cambios de decorado con entradas y salidas de los personajes sombra para cambiar los objetos escénicos de lugar o de funda impiden el ritmo propio de un policial y provoca desconciertos en los espectadores ya que la acción pide un avance más rápido al desenlace de la intriga y sin embargo el director se engolosina en esos detalles dilatando el efecto posible de la escena final.

Curiosa es también la actuación cuyo registro se nutre de clichés, el policía es violento y desaforado porque así cumple con el cliché; el interesante personaje de Mauricio se eclipsa ante una actuación limitada por las imágenes que genera el prototipo del personaje mesiánico que ve en Amada su enemigo ancestral; Miriam Díaz como Amada de la noche disimula los rasgos de comedia negra que el texto le propone y se pierde en movimientos lentos, poses, tonos densos y fuegos fatuos.

El personaje más acertado es el de Carolina Beltrán en el cliché de la madre mientras que Guido Núñez, un actor de oficio y con trayectoria reconocida, se queda sin recursos en su confesión final. Esa escena exige una mueca final, la corrosión invade esos parlamentos y desencaja a ese personaje. Esta clave pasó sin pena ni gloria por la puesta. Hemos visto derruirse a Guido Núñez en “Ostras frescas” por ello me surge el comentario.

Allí es donde «Pavlov…» perturba, donde resultan curiosos tantos detalles en desconcierto, donde la provocación de Ott se estrangula para detenerse en los datos superficiales del policial. Se pierde lo político del texto.

Legítima busqueda de un espacio

Los detalles trabajados aseguran el público desde la música, la gráfica, el respeto por el horario, la calidez, la incorporación de objetos de culto como muebles y sobre todo las radios antiguas de Eduardo Ellero. Allí Luis Caram puso su sensibilidad, lo que las radios despiertan en quienes conservan el reflejo de la palabra dicha más que el efecto digerido de la imagen es un valor de la puesta. Esos detalles develan cariño y develan la transpiración puesta en juego para «Pavlov…»

Lo valioso de esta iniciativa de la productora El Retiro Producciones consiste en que han quebrado el prejuicio de que sólo el teatro de Buenos Aires puede manejar estos códigos estéticos y de producción.

Las pretensiones de Luis Caram como director y de Miguel Astudillo como el administrador de esta propuesta resultan significativas para la comunidad teatral independiente. Ellos se han apropiado de los mecanismos de instalación, promoción y producción de las compañías comerciales y desde ese lugar buscan legítimamente su espacio. Un espacio nuevo para Salta, alejándose de las fórmulas cómico-musicales que siempre le resultaron a Rafael Monti y proponiendo un espectáculo inacabado pero que no muestra hilachas groseras.

Todos sabemos que el proceso comunicativo de una obra de teatro es largo y que sus verdaderas pretensiones y preocupaciones recién se ven avanzadas las funciones. “Pavlov…dos segundos antes del crimen” tiene todo para crecer, ya que hay un director contenedor y maduro, producción de respaldo, y un elenco con ganas de provocar un éxito y asentarse en una temporada. Todo indica que las condiciones están dadas, las respuestas al sonido de la campana de la obra se harán oír ya que eso también es un aprendizaje.

  • Patricia Monserrat Rodríguez
    – Escritora y critica teatral

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