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Sutti, una poética vitalista

Abordar un libro de poesía es situarlo en relación de contraste o convergencia con otras escrituras. Las lámparas para explorar y valor críticamente las obras son necesariamente otras voces, otros tiempos, otros ámbitos donde también se hilaron textos.

Teresa Leonardi sobre “Marcapasos”

La lectura de “Marcapasos” me trajo en una primera aproximación versos del “Saludo a Blaise Centrars” de Gianuzzi: “Nombrando, palpando, lamiendo los materiales visibles y los otros, la muerte que no aparece en ninguna parte / barrida por la avalancha de los distinto”. No es que la finitud esté totalmente ausente en Sutti, sino que cuando la tematiza lo hace sesgadamente o con naturalidad. De allí que podamos enmarcar este libro en una estética zen que responde a una actitud, a un ethos, a una mirada, cuyo rasgo más definitorio es el abrazo, la empatía, la coalescencia con la vida, con el entorno. Aventuro que esta escritura en algunos aspectos es un regreso dialéctico al manifiesto de “La carpa” donde leemos: “Creemos que la poesía tiene tres dimensiones: belleza, afirmación y vaticinio. La poesía es flor de la tierra, en ella se nutre y se presenta como una armoniosa resonancia de las vibraciones telúricas”.

Después vendrá la generación del 60, agonista y rupturista como la llamó Adet, consustanciada con lo urbano, nutrida de historia y cultivadora del sentido trágico de la existencia.

En Sutti hay un regreso a la hondonada del paisaje sin abandonar totalmente el asfalto. Se instala en la vecindad de una poética vitalista pero asumiendo el tránsito por su tiempo de doble devastación: el genocidio de los setenta y la crisis ecológica planetaria. Su palabra iza desde un país en ruinas la posibilidad de la alegría, el renacer a un tiempo superador de nuestra shoá: “Pasó el genocidio; puede salir y recorrer el alma, reclamar la semillas, preservar el agua para que sigan los sueños germinando/ Mientras tanto y porque nadie mira/ cargo en cada fusil, bala de salva”.

A la rosa blindada de los Tuñon, de los Urondo, de los Martínez Borelli, a la lira enlutada de Adet, de Regen, les sucede esta palabra más cercana a una Sara San Martín, a un Groppa, ávida de celebrar esa economía gozosa del instante y del mundo cotidiano. “Lo pequeño es hermoso” reza un célebre manual ecologista.

Dije, poesía zen la de Sutti. Un yo descentrado, un impenitente flaneur con una pierna en el asfalto y otra en el campo, un enamorado de árboles y animales a los que solo quiere escuchar, descifrarlos, aprender de sus ritmos y lenguajes, traducirlo en sus radiantes metamorfosis, amarlos en su pletórico “de solo estar” como diría Manuel. Poeta, hasta en su gestualidad material, Sutti ofrenda a los pájaros una jaula sin techo ni puertas, morada hecha de aire; surrealista, fabrica un mingitorio tan bello y provocativo con el de Duchamp que sabrá proteger de la corrosiva orina humana la corteza del amado inmóvil.

La estética zen es una escuela de la mirada total, abarcadora. No recorta la realidad según su instinto de afirmarse en la alegría y en el sosiego. Aquí la palabra también sabe testimoniar los tumores del mundo envilecido: los pobres, los indocumentados, los malabaristas callejeros que tienen hambre y buscan monedas, los humillados campesinos como Guantay cuyo retrato leo:

“Manos de pájaro, Guantay, lleva semillas:

germinan en sus ojos. Mientras crece

sombra de los nogales,

su columna vertebral se achica.

No ve que sus costados

brotes de pluma,

harán propicio el vuelo

Cuando siembre la tierra sus cenizas”
.

La escritura de “Marcapasos” es ajena a las estridencias, al énfasis, al expresionismo vigentes en la mayoría de los poetas del ’60. Su oficio parece acordar con los lineamientos que indicó Pound, quien afirmaba: “La poesía del siglo XX no intentará parecer feroz por el estruendo retórico y por la desordenada sobreabundancia lujosa. Tendremos menos adjetivos coloridos. Así la quiero: austera, directa, libre de babosa emoción”.

Analizar la prosodia de este libro es aludir también a la doble praxis artística de Sutti: literatura y música. Soriau sostenía que todas las artes tienen una secreta correspondencia: quien escribe puede también pintar, quien interpreta un instrumento le asiste también la facultad de dramatizar, etc. Octavio Paz reafirma esta idea: “La poesías un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencia, ecos de la armonía universal”.

En este poemario es innegable la unidad de tono, ritmo y temperatura. Ha sido trabajado, cincelado como un microcosmos autosuficiente con sentido pleno pero también lo acompaña la necesaria opacidad sin la cual no podemos hablar de poesía. Su plurivocidad es asimismo lo que torna posible las múltiples lecturas.

La mía es una lectura entre otras: “Marcapasos”, furiosa afirmación de vida, contracanto frente a la muerte, artefacto bello e iconoclasta que funge como un ladrillo más en la construcción del muro que dice basta, palabra que hace coro con los indignados del M 15, con los esperanzados de la tierra.

Sutti, larga vida a tus poemas, a la música de tu contrabajo, a tu antijaula propiciadora de las moradas futuras.

  • Teresa Leonardi

    Escritora y poeta.

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