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Llullaillaco, la otra historia

Para sumar historia a la controvertida celebración por los tres años de la creación del polémico Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM), con autorización del autor, reflotamos aquí una nota escrita en el 2009 por Alejandro Ahuerma. Se publicó el 6 de diciembre en la Revista «Critica» bajo el título «La Otra Historia de las Momias de Salta».


En principio, son tres momias: una nena de seis años, un nene de siete y una adolescente de 15. Todas están expuestas en el Museo de Arqueología de Alta Montaña, en la provincia de Salta y fueron encontrados intactos en la cima del volcán Llullaillaco, a 6.730 metros de altura, en marzo de 1999. Los hallaron en el mismo lugar en que fueron sacrificados, rodeados de 146 objetos que componían su ajuar, todos enterrados en las tumbas más altas que el hombre haya construido en el mundo.

Los niños y sus objetos existieron hace más de 500 años, durante el apogeo del estado inca, poco antes de la llegada de los españoles. Es posible que la procedencia de los niños haya sido la capital del Imperio incaico en el Perú. Es posible que hayan caminado desde su lugar de origen hacia el Cusco para celebrar la Capacocha y que hayan regresado para ser sacrificados en la cima del volcán, aunque no existen prendas ni objetos de culturas locales que apoyen esa hipótesis.

Lo cierto es que después del sacrificio, descansaron en paz durante cinco siglos en el silencio de la cumbre del Llullaillaco que se llenó de voces cuando los condenaron a las vitrinas del Museo de Arqueología de Alta Montaña.

Hoy, al reclamo de las comunidades coyas del departamento de Los Andes y al dilema de la nacionalidad de las momias, se suma la legitimidad de su exposición pública. Así lo manifestaron a C dos salteños que participaron en el operativo dirigido por el arqueólogo John Reinhart, financiado por el Consejo de Expediciones de la National Geographic Society de Washington, Estados Unidos.

Christian Vitry
Christian Vitry
Uno de ellos es Christian Vitri, licenciado en Antropología con especialidad en Arqueología, egresado de la Universidad Nacional de Salta, hoy a cargo del área de investigación del MAAM. «Cuando fui invitado pensé que se trataba de un proyecto de investigación científica al que aportaría mi especialidad: el estudio de los caminos ceremoniales y la arqueología de montaña. Al poco tiempo me di cuenta que no había un objetivo integral.

Creo que finalmente les salió bien, encontraron lo que buscaban y más. Antes de que se armara la expedición, yo colaboraba con el arquitecto Mario Lazarovich, director de Patrimonio Cultural, en todo lo que tenía que ver con la arqueología. Además, lo conocía a John Reinhard por eso, una vez que contó el proyecto, permitió que hiciéramos algunos cambios. Luego la provincia le otorgó el permiso y declaró a la expedición de Interés Provincial. Mi tarea, en primera instancia, tenía que ver con la logística pero, además, estaba invitado por Reinhard a participar como referente local. Cabe aclarar que no fui contratado, sino que fui invitado colaborador. Así, con con Lazarovich empezamos a armar el equipo».

Uno de los convocados fue Antonio Mercado, quien, además, fue llamado por el gobierno de la provincia de Salta, para garantizar que la expedición no se convirtiera en un saqueo arqueológico. Fue él, junto al andinista salteño Alejandro Lewis Ellos fueron los convocados pero fué con el peruano Ruddy con quien halló a la momia bautizada «La Doncella». «Hasta que no se les devuelva lo que les corresponde a las comunidades, este hallazgo seguirá siendo un saqueo cultural y arqueológico», sostiene Mercado quien tuvo que explicar a los habitantes de San Antonio de los Cobres de qué se trataba la expedición. «El Hallazgo de la Niña del rayo no me hace sentir orgulloso pero sí me hace sentir responsable», explica.

Hace unos meses, el pueblo coya que habita en las inmediaciones del Llullaillaco se manifestó frente al MAAM para reclamar el patrimonio que les pertenece. «Con el dinero que se gastó para infraestructura, ese museo podría haber estado en cualquiera de los pueblos de la comunidad coya: Salar de Pocitos, Tolar Grande, San Antonio, Santa Rosa». Vitri agrega que, si bien las comunidades no estaban organizadas, «de nuestra parte había una suerte de obligación moral y una ética laboral del trabajo realizado.

En ningún momento imaginamos que esto iba a tener las consecuencias que tuvo, que iban a aparecer hallazgos arqueológicos tan impresionantes, de tanta trascendencia. Creímos que era una expedición más, unas cuantas excavaciones más, pero al aparecer los cuerpos de tres niños en la montaña más alta, justo en la que es un referente para los habitantes del lugar, se desató una sospecha sobre la posibilidad de que hubiera más cuerpos. La polémica había quedado planteada: ¿se trató de una profanación?”.

Fueron los salteños, y no John Reinhard, quienes trataron de calmar los ánimos de la comunidad de San Antonio de los Cobres en el momento del hallazgo. Lo hicieron a través de la Fundación Vicuñita, una entidad que trabaja en la zona. «En Tolar Grande, en Nazareno, en Santa Victoria, en Iruya, en la Puna de Jujuy también, tratamos de explicar el sentido el significado de lo que estaba sucediendo y de poner paños fríos en la cuestión. Es claro que la gente suele vivir este tipo de intromisiones como una profanación», coinciden Vitri y Mercado.

Otra de las polémicas que sucitaron los niños de Llullaillaco tiene que ver con el documental que realizó la Nacional Geographic sobre la expedición. Para Vitri hay una confusión medular: «se dice que las momias son de origen inca y si bien lo inca no existe como entidad política, social y cultural, no se puede decir que no existen los pueblos originarios locales que asumen como «propios» los elementos del pasado.

Desde la antropología y desde la historia, a quienes vivan en el lugar y se identifiquen con el pasado aunque no tengan una línea genética o cultural directa, corresponde por afinidad, hacer valer sus derechos. Por eso, nosotros pensamos que esos niños pertenecen a las comunidades que hoy los reclaman». Tony Mercado agrega: «la National Geographic dice en el documental que los chiquitos caminaron 1.600 kilómetros hasta el lugar en que fueron sacrificados.
Eso sólo les sirve para negar que pertenezcan a sus comunidades de origen.

Les sirve para justificarse. Es una gran mentira. Además, el primer anuncio en relación con el origen lo hicieron el ex gobernador Juan Carlos Romero.
Romero y el doctor Johan Reinhard. Ellos dijeron que habían encontrado los descendientes de estos niños, en un preso en Washington, acusado de abuso de menores.

Fijate el subconsciente de ese gringo. ¡Asocia lo más sagrado de nuestra historia con lo más bajo que tiene su sociedad! Encontrar una línea directa de parentesco es como sacarse la quiniela 100 veces seguidas y con el mismo número. Y nuestros científicos se hacen los distraídos, miran para otro lado, y siguen como si nada”.

Primera ruptura

La expedición tuvo dos momentos de quiebre. El primero estuvo encabezado por el arqueólogo Christian Vitri, Mario Lazarovich, Adriana Escobar, Alejandro Lewis y un fotógrafo de la National, que, una vez en la montaña, comenzó a presentar síntomas de edema cerebral. «En ese momento, Reinhard minimizó la cuestión, decía que era por efecto de la puna, que ya se le iba a pasar. Pero nosotros, que conocemos la montaña, sabemos que si el tipo se quedaba dos o tres días más, se moría», señala Vitri. Mercado, en cambio, fue el único de los salteños que quedó en la expedición. «Yo mismo le pedí que no se vuelva para que quedara uno de nosotros y tomara registro. Que se quedara para tener un acto presencial de todo el proceso de excavación, de lo que se iba a hacer ahí», sigue Vitri.

Una vez en Salta, Lazarovich recibió una comunicación desde el Llullaillaco: «Apareció un cuerpo. Dos. Tres». Enseguida se dispuso a preparar los materiales para el traslado: cajones con hielos para bajar los cuerpos y un espacio en Ciudad del Milagro, con alarma, freezer y un grupo electrógeno que se le pidió al Ejército por si se le cortaba la luz.

El hallazgo

Todo comenzó con “La niña del Quehuar” -actualmente en el MAAM preservada para futuros estudios- a 6.100 metros de altura, que se rescató en pedazos después de que buscadores de tesoros dinamitaran el lugar. Unos meses después, se hallaron las momias del Llullaillaco 30 metros más arriba en el volcán. Primero apareció el niño, el 17 de marzo y ese mismo día unos metros más al norte, Tony Mercado y el peruano Ruddy Perea encontraron, por casualidad, a «La Doncella». Dos días después, hallaron a la tercera momia «La niña del rayo».

“Podría decir que fue de pura casualidad, pero no, estoy seguro que ese encuentro con “La Doncella” tenía que ser así, que teníamos que ser nosotros quienes la encontráramos. Nos habíamos retirado del grupo. De repente le hice una broma al Ruddy, le amago un martillazo, él se abre de piernas para esquivarlo y el mazazo pasa de largo para el piso provocando un hueco, ahí nos damos cuenta que estábamos sobre un lugar especial.

Nos miramos y ahí nos quedamos. No dejamos que nadie se acerque. Cavamos hasta los 2,13 metros en total. Yo estaba dentro del pozo y lo primero que apareció fue una pequeña plumita que yo me puse a querer pincelarla porque pensé que había encontrado una de las estatuillas y de golpe se levantó todo eso, el tocado de pluma ese blanco y me cagué de espanto. Hay una parte de mí que debe andar asustada todavía dando vueltas por el cerro ese”, cuenta Mercado.

El tocado estaba puesto en la cabeza de la doncella. Y el cuerpo estaba asentado arriba de una piedra. Pero lo más increíble de todo es que el cuerpo era flexible. “Cuando lo alcé hice presión con los brazos en las piernas de la nena y se flexionaron. Por eso no creo que sea como dicen ellos, que se mantuvo por el estado de congelamiento y las bajas temperaturas”. Luego, el gobierno de la provincia invitó la doctra Quevedo Kawasaki, una especialista chileno-japonesa. que habló de un proceso de liofilización, una especie de cerrado al vacío utilizado para la conservación de la niña.

Segunda ruptura

Luego de los hallazgos, el gobierno provincial dispuso que un escribano se trasladara al pie del volcán para hacer un registro general de todo lo que se bajaba de la montaña. El escribano llegó a la hora indicada pero la expedición ya había partido hacia San Antonio de los Cobres. «Reinhard iba en un vehículo mucho más rápido y no esperaba al resto, se iba y se iba. Es muy natural que cuando alguien se traslada en grupo, más en lugares donde podés quedar varado, hay que hacerlo juntos, al menos al alcance de la vista de los que vienen detrás. Son códigos que hay que respetar», sostiene Vitri.

Finalmente, cuando todos se encontraron, el director de Patrimonio, Lazarovich, mantuvo con Reinhard una fuerte discusión fuerte y le comunicó que viajaría delante del grupo hasta un lugar asignado para colocar los cuerpos de los niños.

Pero Reinhard ya había hecho un arreglo con Colombo Murúa, el rector de la Universidad Católica de Salta, quien le había preparado un camión frigorífico. «Soy el dueño de la expedición, yo encontré las piezas y voy a hacer lo que quiera», dijo el arqueólogo. Ese fue el segundo quiebre: el funcionario pidió a la Gendarmería que los detenga hasta que llegue el resto del grupo. Reinhard se ofendió.

Finalmente, los niños de Llullaillaco pasaron tres semanas en la Ciudad el Milagro, freezados y protegidos por un sistema de alarma. El gobernador Juan Carlos Romero autorizó el último traslado. «Los llevaron en ese trailer de Gendarmería y los tuvieron dentro de un freezer común varios meses hasta que se acondicionó, dentro de la Universidad Católica un lugar parecido al que existía en Ciudad del Milagro. Allí los tuvieron desde el ’99 hasta el 2004. Fue entonces cuando se creó el museo y pasaron allí», cierra el arqueólogo.

De quién son las momias

En algún momento, quizás, los niños de del Llullaillaco van a crear conciencia. La historia tiene muchas versiones, tantas como miradas haya habido en el momento de la expedición y como anhelos, deseos y motivaciones de quienes hayan participado en ese momento. “No se sabe ni cómo ni cuándo, pero sé que pronto, que estamos cerquita”, dice Antonio Mercado. Y se explaya: “La arqueóloga argentina Constanza Ceruti -convocada por el Consejo de Expediciones de la National Geographic Society de Washington- tenía una motivación en la participación.

Ella era co-directora del proyecto y gracias a ello, la Universidad Católica de Salta, que ni tiene una carrera de antropología, tiene un departamento de Arqueología de Alta Montaña. Pienso que es una ridiculez que la Universidad Católica, la Iglesia, el Opus Dei, estén manejando lo que no tienen que manejar y que nuestros arqueólogos de la Universidad Pública siguan callándose la boca. Los académicos se tienen que dar cuenta que esas culturas son culturas que todavía están vivas, que existen que no son «cosa» del pasado”.

Vitri comparte esa visión: “La arqueología trabaja con esto, es el objeto de estudio. Cuando aparecen huesos, cráneos o un esqueleto, es como una «cosa» un «objeto». Pero cuando aparecieron estos niños, que no es lo más común, porque uno los ve y parecen dormidos, la gente se pone más susceptible. Sin embargo, no hay técnicamente diferencias entre un hueso y esto.

Lo único que media es el estado de conservación. Cuando se hace un trabajo científico, se registra se documenta y se conserva todo lo que aparece. En este caso se siguieron todos los métodos que se podrían haber seguido a 6700 mts.

Con todas las fallas que pudo haber tenido, pero hay un registro, está documentado, está fotografiado, hay testigos presenciales, como en el caso de Tony que estuvo hasta el final. Sólo que en este caso, y volvemos al tema de la profanación, la gente ve que les sacaron de su lugar algo que les pertenecía y que están haciendo dinero en otro lugar que no es el suyo. Y, además, que no tienen ninguna participación. Ellos reclaman esa participación y me parece justo”. En este sentido, el Museo de Arqueología de Alta Montaña se propuso seguir de cerca el impacto en las comunidades de la exhibición de los niños momia, a través de charlas con sus caciques.

Por ejemplo, dos días antes de la inauguración oficial, el museo abrió sus puertas para la comunidad del Chujcha ya que la primera momia que se exhibió pertenecía a ella. Lo mismo ocurrió con los niños del Llullaillaco, antes de la apertura oficial, se hizo una previa con los pueblos de esa región. “Todavía estamos lejos de decir que el museo está en una situación de reciprocidad o de devolución con lo que las comunidades que se sientan tocadas. Y esto tiene una doble lectura: una política y otra económica.

La decisión política tiene que ver con que se liberen a las comunidades los fondos que se recaudan en el museo, así de simple. Sabemos que ellos no tienen problemas con la exhibición en sí pero lo tienen con la participación de lo que se recauda. El Estado provincial está lucrando, saca un beneficio y a ellos no les queda nada”, explica Christian Vitri.

El arqueólogo asegura que el gobierno prometió a los habitantes de las comunidades una capacitación para formarlos como guías para que ellos puedan trabajar en el museo o un espacio para que vendan sus artesanías. Sin embargo no se hizo nada. “El museo genera dinero que va para el Estado. A veces, la gente de las comunidades nos increpa, nos pide que que le demos dinero de las entradas. Ojalá un día todo se convierta en un sistema equitativo que le devuelva a los pueblos todo lo que los pueblos le dieron”, confiesa.

No se sabe todavía en qué circunstancias fueron sacrificados los niños. Sí, que cuando los especialistas hablan de sacrificio se refieren al acto de “enterrar a alguien vivo”. También que el lugar donde se realiza el entierro suele ser lo alto de una montaña, en señal de ofrenda al Sol Inca. Los sacrificados, en general, eran seres “elegidos” para satisfacer a los dioses. O eran mensajeros que, ajuar mediante, podían viajar al más allá.

Quizás los tres niños de Llullaillaco no habían completado su viaje. Quizá se enojen los dioses porque ahora están encerrados en la vitrina de un museo.

Quizá nada de eso ocurra y la gente siga pagando para ver a la Niña del Rayo, o al Niño o a La Doncella. Y sus pueblos de origen, reclamando.

  • Nota y fotos:

    Alejandro Ahuerma

    Fótografo y escritor

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