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Las dos caras de un patio

Se ha estrenado la semana pasada la obra de teatro de Hilda Guzmán de K “El último patio y después…una dulce despedida”. He participado anoche de una nueva presentación del trabajo que dirige Hilda junto a Carlos Delgado.


Seguramente la platea pudo asociar enseguida la historia representada con los últimos sucesos ocurridos en un geriátrico de la ciudad y que espasmódicamente se repiten a través de los medios cuando las noticias empiezan a escasear o cuando se pasan de rosca los responsables de las políticas de contención de los abuelos.

La obra de Hilda- quien ha dedicado gran parte de su vida personal y laboral a los mayores enseñando teatro- nos hace pensar en las condiciones de abandono en que los adultos mayores sobreviven, algunos con la suerte cultural de ser cuidados aún en el seno de las familias y otros que empiezan a ser cada vez más visibles por el marco de desamparo social que los recubre.

La producción dramática de Hilda Guzmán se anima a hablar de este tema incómodo en un texto simple, rico en la caracterización de la voz perdida de los abuelos, con diálogos dinámicos y sin rebusques de sentido. Tiene la fuerza poética y la sensibilidad necesaria para dejarnos adivinar el destino de las dos viejitas. La obra permite el juego melodramático sin forzar la situación hacia el dramatismo, deja espacio para momentos tiernos y cómicos.

Mary Gervino y Soledad Pérez, las dos actrices que protagonizan la historia, han logrado una simbiosis comunicativa que atrapa al espectador por el compromiso personal con que suben a escena. Las abuelas que construyen en el patio son el retrato de cualquiera de las muchas que habitan los asilos y geriátricos de la ciudad. Las vemos y sabemos de la dimensión de su soledad, resignificamos la pena dura en que pasan sus días y reconocemos en los chistes, juegos y mañas los mecanismos de defensa que apilan día a día para llegar a la noche.

El patio se carga del sentido del refugio, del encuentro pero también de la amarga verdad y de la esperanza mecánica que se sabe vacía. El patio es el lugar de la resistencia, una resistencia pasiva si se ve una cara de la historia pero activa desde la palabra y desde el afecto en que las dos ancianas se atrincheran.

El espacio escénico muestra otro espacio- un consultorio desmantelado y devenido en oficina de administración de la institución- que se devorado por la humanidad del patio. La idea de asepsia instalada desde una escenografía impolutamente blanca se contrapone con las ideas burocráticas y nefastas que sostiene el médico en su escritorio. Ideas cargadas de la “mugre” omnipresente de la que hablan las viejitas en su rincón.

El perfil del médico se introduce como el del profesional que traiciona su mandato y se instala cómodo en el lugar del eficiente gerenciador del resto de las vidas de las internadas. Mientras que se presenta una imagen sin matices de la enfermera, llena de buenas intenciones pero más útil al sistema que a las enfermas. El personaje intenta plantar el dilema binario de los buenos contra los malos pero el tema se deshace en una actuación sin compromisos.

En el trabajo actoral las dos actrices copan el espacio y la emoción de la platea, hacen prescindible la escena del consultorio, introducida de manera casi arbitraria para mostrar el aspecto pérfido de la historia, demorada en su resolución y con situaciones repetidas, previsibles en la construcción estereotipada.

En la prolijidad y en la ambientación-subrayada con la musicalización- hay muchas huellas del trabajo de dirección. El desequilibrio y letargo que produce la escena del consultorio desaprovecha el clima creado por las ancianas justificando demasiado. Ya el título de la obra sitúa generosamente al espectador en lo que está por ocurrir. Otra riqueza del trabajo es que marca sin acusar una ausencia cada vez más visible en la vida actual: las familias. La hija y el marido de las ancianas son los personajes que más hubiéramos deseado ver.

“El último patio y después…una dulce despedida” es la primera obra que se ha montado efectivamente de aquel grupo de teatristas- Los mancos del espanto- que se lanzaron a escribir con la guía de Ignacio Apolo a fines del año pasado.

El trabajo de Hilda ya despuntaba la riqueza que se vio anoche y ha conservado la dupla actoral con la que se presentó en el semimontado. Sin duda, una buena propuesta que saca a Hilda de sus lugares de creación habituales y permite un lugar de encuentro con su palabra y sus preocupaciones éticas que son seguramente la de muchos. La propuesta se presentará en nuevas funciones que iremos anunciando desde este medio.

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