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La ciudad distante de Cora Cané

Cora Bertolé de Cané, es rosarina por nacimiento y lleva un apellido ilustre allí. Su tía fue la pintora y poeta Emilia Bertolé, oriunda de la santafesina localidad de El Trébol y radicada en Rosario, donde una plazoleta situada en el paseo “Doctor Miguel J. Culacciatti”, recuerda desde el año 2001 a esta artista celebrada en su hora por Benito Quinquela Martín, Alfonsina Storni, Baldomero Fernández Moreno, Arturo Capdevila o Pedro Miguel Obligado.


Cora, por su parte, viene nutriendo y haciendo derivar su existencia entre el Paraná y el Plata. Es así que también se siente porteña y reclama el título con sólidos argumentos: por de pronto haberse afincado desde hace décadas en la ciudad de Buenos Aires, donde –recordemos- cumplió desde de su llegada una extensa y trascendente actividad en nuestros medios culturales -gusta memorar que pronunció su primera conferencia aquí en el Ateneo Popular de la Boca que presidía el historiador Antonio J. Bucich, a propuesta del ateneísta Carlos Gregorio Romero Sosa-, todo lo cual le valió el reconocimiento de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que la declaró en 2005, “Figura Representativa de la Cultura”.

Esta mujer lúcida, afable y sensible, dada a estimular a sus colegas y a jugarse por causas nobles como la protección a los animales -a su iniciativa se instauró el 26 de junio, fecha de la muerte en acto de servicio del ovejero alemán Chonino de la Policía Federal Argentina, como Día del Perro-, tiene acostumbrados a los lectores, tanto a los de sus libros en prosa y poesía cuanto a los de su sección diaria Clarín Porteño, columna periodística creada por Lisardo Zía y Luis Cané que ella escribe en forma interrumpida desde hace cincuenta y tres años, todas las tardes en su máquina Olivetti, a verla traslucir su vocación por el homenaje.

Porque lo tributa a manos llenas a quienes considera maestros suyos y amigos en las letras y en la vida. Ese don, esa voluntad de seguir nutriendo los afectos, las admiraciones y las fidelidades más allá de toda vicisitud, resultan ser, asimismo, algunas de las notas caracterizadoras de su mensaje literario pleno de humanidad.

Luis Cané, el esposo poeta fallecido un 1ro. de marzo de 1957, a los sesenta años de edad, no podía estar ajeno a la ofrenda lírica de Cora Bertolé, capaz de brindar de esa ausencia un elegiaco testimonio, recatado y reconcentrado en la nostalgia y nunca desbordado por la angustia o la desesperación.

En “La Ciudad Distante”, un poema unitario dividido en capítulos numerados con signos romanos, reeditado en 2010 con palabras preliminares de Antonio Requeni y cuya primera edición data de 1963, la actitud evocadora de viejos momentos felices compartidos no decae y la idea fuerza inspiradora no queda desatendida, como sí ocurre con otros poetas dados a perseguir metáforas impactantes pero que discontinúan el sentido de las composiciones. Cora, con fineza artesanal trabaja el texto, en ocasiones próximo al verso libre, diversifica los metros, las rimas internas, las formas estróficas en fin, donde caben las ideas claras y distintas sobre la melancolía; y lo hace todo sin perder la cadencia musical.

Alternados y equilibrados hay diálogos y monólogos en “La Ciudad Distante”. Con fórmula alquímica más que funcional método posmoderno, se trasmuta el peso de la ausencia del ser amado en ligeros hilos de oro que adornan y envuelven el recuerdo. Por eso, pese al desarraigo espiritual sugerido, comienza la autora enfocando antes que la visión de un espejismo, la última claridad a constatar con “intelletto d’amore”: “Tu ciudad está en la colina/ donde despierta el alba./ Muros de ángeles/ la guardan.”

Vendrán después pasajes cada vez más doloridos, ya no enmarcados por ningún posible amanecer sino resignados a transitar la hora religiosa, apta para religar con el infinito del Ángelus. Sin extremar el protagonismo, el pronombre personal “Tu” inicial, cede a poco al “Yo” y a los pronombres posesivos “Mí” y “Mío”, significativos de un ir enseñoreándose sobre los fragmentos de vida común recuperados, de un dar testimonio fehaciente de aquel “rostro/ vuelto de perfil hacia la tarde”. Sin embargo la evocación, resuelta con símbolos, no se hunde en la subjetividad intransferible. Precisa, en cambio, sostenerse en los reflejos de las cosas y los seres en pobladora enumeración: ¿Dónde estaban,/ entonces,/ la claridad de la rosa,/ el candor del agua,/ la nota musical/ de la paloma?

Y hay desolación: “los pétalos eran lágrimas/ sobre mis manos”, hasta filtrarse por el ojo de la cerradura de la puerta del misterio –tal vez esa puerta predestinada a cada uno, del cuento “Ante la Ley” de Kafka-, el reflejo que insta a seguir el camino de la iniciación, quizá para descubrir eternos retornos e intuir la sabiduría esencial de la integración cósmica: “¿Dónde estaban/ la raíz creadora/ y tu primera muerte?/ Dormías el sueño./ El de la edad inicial./ Y eras dueño del secreto/ de la rosa,/ del agua/ y la paloma,/ creador de tu raíz/ vivo y eterno.

¿Y el consuelo? Por de pronto parece correr aquí y allá un frescor que alcanza para secar las lágrimas, sino la melancolía. Y una brisa que insta a despegar del suelo y acompañar a la autora en su aventura de vuelo hacia las remembranzas: Sólo yo conozco el camino/ que llega hacia tu casa/ de mármol./ En el aire lo señalan/ las palomas de la gracia./ Desciende de los ángeles,/ trazando en el aire/ itinerario de alas.

  • Carlos María Romero Sosa, abogado y escritor.

    Su último libro es “Fanales Opacados” (2010).-

    Blog: http: //poeta-entredossiglos.blogspot.com

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