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La butaca indiscreta

Abordar un tema como el erotismo y la pornografía en Salta es necesario. El enfoque oscila desde las salas de los cines Rex y Florida En las películas de Lucrecia Martel (pienso, sobre todo, en «La niña santa») la sensualidad se respira en las miradas deshabitadas de sus personajes y en los prolongados silencios, que cargan de tensión cada escena. Una breve aproximación a marcar límites difíciles de establecer.


Son cinéfilos a su manera. Acaso no han escuchado nombres como Truffaut, Fellini o Godard; pero es difícil negar que los que concurren a las salas de los cines Rex o Florida han desarrollado una relación especial con la pantalla grande.

Van llegando, de a poco van llegando, por lo general son hombre viejos (de 50 o 60 para arriba) que entran solos (y a veces salen acompañados) y también están los más jóvenes, ellos dan vuelta alrededor de la puerta, se los nota nerviosos, miran para todos lados sin decidirse a pasar, hasta que la vergüenza y el miedo pierden su batalla.

Ambos cines tienen un promedio de 40 espectadores (que pagan religiosamente los $4,50 de entrada), con picos más altos en los inicios de cada mes y sobre todo los jueves, día de estreno de estos filmes, en gran parte realizados en Buenos Aires, Estados Unidos y España.

Todo espectador de cine es, antes que nada, un voyeur. Sentado en una cómoda butaca, espía y se adueña de los secretos, los miedos y anhelos de los otros. Sin embargo en el caso de estos cines, el término «voyeur» cobra una significación especial.

Mujer-piernas.jpgA sólo un año de aquella histórica proyección que los hermanos Lumiere realizaron en 1895, se estrenó la primera película con tintes «eróticos» (The Kiss) y en el amanecer del siglo XX se dieron a conocer trabajos en los que la pantalla cobraba el aspecto de una cerradura. Desde entonces, se multiplicaron, aunque lentamente el erotismo fue perdiendo terreno y la pornografía, pese a su auge, tuvo que resignar su circulación a la clandestinidad y el video casero.

En Salta, desde hace casi 20 años los cines Rex y Florida exhiben estas películas, con un público incondicional. Salvo en vacaciones de invierno, cuando en la puerta del Florida se pueden ver afiches de películas para chicos ( «Manuelita» fue, casualmente, una de las proyectadas hace un tiempo) el resto del año en el frente, se mantienen, insoslayables, las tres «X» .

Detrás de una densa nube de humo, que emana de los cigarrillos de los concurrentes, la pantalla abre la puerta a lo prohibido y lo muestra con todos los detalles que puede. Pero allí empieza otro espectáculo: las miradas se cruzan, se buscan o se esquivan y la sala se convierte en una selva donde se va de cacería. A dos filas, a la derecha, un hombre se le acerca a un muchacho. Se sienta en la butaca de al lado y pregunta:

-¿Te doy una mano?
-No, gracias, puedo solo.

El cazador insiste, pero la presa logra escapar con diplomacia.

En realidad lo de la película, para varios, es más una excusa. Esto lo confirma una nota publicada por el diario «El Tribuno», el 21 de marzo pasado, en la que se da a conocer la detención del ex director de Cultura de General Güemes, quien había sido acusado de participar de un asalto a mano armada, junto a otro hombre. A un tal Pablo Moreno, a quien había conocido en el Rex. A Moreno le robaron $7,800 pesos y unos $6000 en ropa. «No hice la denuncia porque tenía miedo. Pero dos veces me encontré en la peatonal con Nico (el ex secretario de Cultura), que es un personaje muy popular en el Rex y en ambas ocasiones me amenazó de muerte», relata.

Erotismo y pornografía

¿Cuál es la diferencia entre erotismo y pornografía? Las apreciaciones variaron con el tiempo. El estreno de The Kiss (1896) causó un gran escándalo y no faltaron los que pidieron su censura porque consideraban un atentado a la moral el primer plano de un beso, con el que termina la película. Hoy nadie se escandalizaría de algo así.

Para un pensador español -cuyo nombre mi memoria ha extraviado- no existe tal diferencia. Para él, la distinción entre erotismo y pornografía es la expresión estético-conceptual de la necesidad profunda que tiene la sociedad de ghettizar lo sexual. «Llámeselo manotazos de ahogado de los arcaísmos burgueses, que no quieren darse por enterados de que las pseudodemocracias de consumo en las que vivimos han desbordado completamente semejantes marcos de referencia. Creen todavía en una cultura que sea el paraíso de los hipócritas», añade.

Pero la diferencia está. La pornografía se construye sobre la base lo obvio y sólo exalta los instintos básicos. El erotismo, en cambio, pasa por otro lugar. En las películas de Lucrecia Martel (pienso, sobre todo, en «La niña santa» ) la sensualidad se respira en las miradas deshabitadas de sus personajes y en los prolongados silencios, que cargan de tensión cada escena. No hace falta el desnudo porque el erotismo tiene otra búsqueda: indaga en la mente del espectador, lo invita a soñar y le recuerda a cada instante la poesía escondida en la humanidad del otro.

En Palabras de J.P. Feinmann: «Se sabe que el erotismo sugiere. Que, al sugerir, seduce. Que, al seducir, embriaga, juega con los sentidos por medio de la imaginación. Que nos deja librados a nuestra libertad. Que, en fin, nosotros desde nuestro deseo, debemos completar la imagen. La pornografía no sugiere ni seduce ni embriaga. No le concede la libertad de la imaginación, el juego de la fantasía. No le concede nada a su propia creatividad. No hay creatividad. Sólo hay explicites, visibilidad infinita, o sea, obscenidad. Obsceno es lo que exhibe todo… La pornografía lo exhibe con tosquedad, con un pretendido realismo que sólo es ausencia de estética, negación del goce, reclamo brutal de lo primitivo, de la fiesta áspera y hormonal de lo primario».

FUENTE: REVISTA POLÍTICA Y CULTURA

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