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Entre la hipersensibilidad y la mesura

Ultimo concierto del Mozarteum Salta Temporada 2010. Jueves 4 de noviembre.
Concierto para piano y orquesta Nº2 en si bemol mayor, Op. 83 de Johannes Brahms con Alexander Panizza como solista en piano. En la segunda parte: La Sinfonía Nº 6, en si menor, Op. 74 “Patética” de Piotr Ilich Tchaikovsky.


Empecemos por el final. Es difícil poner en palabras todo lo que implica la Patética. Algunos creen ver una especie de catarsis del músico, que va emergiendo en una turbulencia progresiva. El primer movimiento adhiere a la tradicional forma sonata, pero la conmoción que causa esa melodía que emerge de las cuerdas, (excelente el trabajo de las mismas), en mortífera. Existe todo un inter juego de conmoción angular, de sensualidad, de balance entre los pasajes escalísticos y la tensión causada por el ambiguo intervalo de cuarta.

El drama surge en el punto medio, en donde el compositor utiliza una notación novedosa para la época un matiz pppppp, casi inaudible que prepara la tormenta siguiente. El segundo movimiento es un límpido vals, que tiene el milagro de acompañar un tempo inusual de 5/4, compás más cercano al jazz o al rock que a la música clásica.

La orquesta se movió con algunos problemas de sincronización rítmica entre las diferentes secciones que en algún momento produjo un desfase por los tempos desiguales. Luego fue el tiempo de una vívida marcha, que nos lleva a un climax que nos impulsa a romper en aplausos, pero el toque visionario de Tchaikovsky tiene algo reservado para nosotros.

Concluir semejante edificio sonoro con un movimiento lento es una idea revolucionaria, que nos lleva del éxtasis a la emoción intima. Podemos afirmar que hubo sensibilidad en los diferentes momentos de la obra, algunos pasajes más lentos que lo normal. Hubo en general disciplina y pasión, especialmente en el primer movimiento. La orquesta tuvo tensión sin ostentación ni desborde. Quizás en algunos momentos hubiéramos pedido más profundidad en la lectura interpretativa pero no hubo tiempo para más.

El Concierto para piano de Brahms es espacioso como una Sinfonía de Beethoven, posee el drama de una Opera de Puccini y la intimidad de un lied romántico, toques de emoción inmediata y potencia y si a esto le agregamos el toque precioso, preciso y escultural de Panizza, el banquete está servido.

En el comienzo, con las llamadas de los cornos (con algunos problemas de afinación, quizás estando algo destemplados) apareció para sorprendernos la melodía del piano, presentando el primer tema. El toque de Panizza es un espectáculo en si mismo, sin ostentación, sin rubatos innecesarios, solo dijo lo que Brahms le pidió, como resultado tuvimos un primer movimiento de antología.

El Scherzo es como una Sinfonía para piano y orquesta, combinando elementos del concierto clásico, en la oposición directa entre solista y orquesta, y el virtuosismo en algunos casos intocable que imagina el compositor, resueltos con elegancia por Panizza, a esto se le suma algunos toques de la música de cámara, con influencias directas del concerto grosso Barroco.

Hubo momentos inolvidables, por ejemplo el solo de piano antes del primer tutti orquestal en el primer movimiento o la tierna belleza del Andante, en donde el toque de Panizza alcanzó cotas directamente exquisitas en el juego entre piano, cello y maderas, todos sencillamente excelentes, sin manerismos de ningún tipo y con altos niveles de expresividad.

Los juegos dinámicos de pianissimos ultrafinos y fortes rocosos fueron sencillamente geniales, aunque tenemos que lamentar sobremanera, el pobre estado en el que se encuentra el piano del teatro, que hizo agua por todos sus poros y que no está de ningún modo a la altura de semejante pianista que hizo lo que pudo y más aún, por ello tiene más merito su interpretación.

La obra tiene dificultades en la duración, la profundidad transversal de todo el espectro emocional por donde transcurre, y las varias dificultades técnicas, tales como rápidas sucesiones de octavas, acordes veloces en piano y escalas imposibles, resueltas todas con elegancia y finura. Para le final una frutilla de Mendelsshon tocada por el artista como si fuera la ultima oportunidad de mostrarse en su vida.

Convencidos del monumental intelecto de Brahms y la fantástica técnica sinfónica de Tchaikovsky, les decimos gracias a los músicos y a Panizza en particular por llevarnos a una región supernatural de la mano de su sensibilidad interpretativa.

  • Magister Pablo Alejandro Sulic

    Especial para Calchquimix

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