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Compromiso en la densidad actoral

Un nuevo grupo de actores hace pie en parcelas del teatro independiente, dirigidos por una decana del teatro local, Lucrecia Ramos. Son jóvenes impetuosos en busca de territorio fértil para sus ardores e inquietudes personales.

Sodiac y Selegna: el clásico binomio

Han elegido para bautizarse en la fe artística un texto del dramaturgo, director y bailarín tucumano Pablo Gigena, de fuerte contenido metafórico y gran compromiso político; el oficio circense de Lucas Ybáñez, quien se formó en las arenas del circo moderno y la poética profesional que por años ha amasado la actriz, docente y directora “Negra Ramos”.

El grupo ingresante –“Sin barreras”– está compuesto por talleristas que se forman en el espacio de Pro Cultura Salta y debutan con la obra “Sodiac y Selegna”. Son: José Grau, Constanza Fernández, Javier Dib, Paula Carrizo, Susana Traverso y Daniel Silvestri.

Resulta atractiva la relación entre esta propuesta, o más bien las interpelaciones al pasado histórico que devela esta propuesta con el trabajo del grupo “NN” del año pasado-“Limpieza”– dirigido por otra actriz devenida en directora, Gladis Córdoba. Ambos elencos revelan en sus operas primas compromiso social por los “invisibles” de aquellos años y puntos de contacto en el discurso elegido para decir y decirse como un ejercicio de ciudadanía.

Interesante por lo que pueden aportar al territorio teatral salteño no sólo a nivel de producciones si no también como proyección de pensamiento ideológico de nuevas generaciones, e interesante porque habilitan una nueva vertiente para continuar lecturas del desarrollo de la actividad teatral local.

Sodiac y Selegna es un texto breve pero que condensa una fuerte metáfora de la complejidad humana: la arraigada paradoja del hombre de no poder volar, la eterna frustración, la negación de las alas. Pero exalta a su vez la posibilidad de volar a través de los sueños, la chance de abandonar lo concreto del suelo a través del sueño, la utopía, la ilusión.

En esa fisura existencial se localiza este conflicto de Pablo Gigena que se caracteriza por un tono querellante, con matices poéticos y que instalan el clásico binomio en todos los planos semánticos: aire/suelo; negro/blanco; padres/hijos; libertad/dominio; sueño/realidad; vida/muerte; noche /día; traición/lealtad; ternura/violencia.

Los personajes Hombre Pájaro y Mujer Pájaro intuyen esta posibilidad en su naturaleza, perciben en sueños que pequeños plumones y urgentes urticarias en la espalda les advierten de las mutaciones que implican no sólo una renovación en sus cuerpos sino más bien la única posibilidad de libertad de la que disponen.

La metamorfosis redentora es vivida con angustia y densidad onírica por el ambiente opresivo en el que los pájaros están situados. Una gran celda, jaula que remeda los oscuros lugares de detención y desapariciones instalados en la memoria colectiva por la dictadura del 70. La construcción de los personajes torturadores- el padre y el torturador- activan y clausuran esa lectura. El agua hervida, el fuego, el ruido, las marchas militares, imágenes de la muerte, plumas en el aire, el tormento de la luz cegadora; todo construye un campo de sentidos que agobia a los pichones humanos y mutila sus transformaciones, amputa sus alas.

La puesta produce un visible impacto por el horizonte de imaginarios que dispara en el espectador. Se trata de un espacio técnicamente habilitado para el montaje pero cargado de otras teatralidades, como la inmediata evocación de la arena del circo, o los indicios del parakultural de los albores de la democracia que generan la sensación de estar en el umbral de lo clandestino por la precariedad que se constituye en este caso como un fuerte signo espacial de resistencia e identidad cultural. La multiplicidad de signos que posee el galpón arena situado en calle Pellegrini 732(Instituto Superior de Artes Circenses) habilita y potencia las diferentes lecturas del espectáculo.

La dirección de la obra ha sido obediente del texto de Gigena; las indicaciones escénicas así como los textos de la intriga no tienen alteraciones significativas; esto da cuenta de la fuerte impronta de una generación de directores que dan continuidad a la poética del autor; no “intervienen” el discurso del autor con su palabra, sino que le aseguran la continuidad y la materialidad en la puesta.

Entre las potencialidades del texto que la dirección supo traducir está la riqueza de imágenes que produce montarse en esta clase de metáforas inagotables. Tanto las peripecias de trapecio ejecutadas por los noveles actores como el uso de fragmentos multimedia aportan significados a la obra y plantan sentidos. El trabajo de Lucas Ibáñez aportó su técnica en este aspecto y fortaleció el acertado diseño escenográfico y la banda sonora que ofició de plataforma. La puesta completa despliega una coherencia que salvo pequeñas desprolijidades genera el clima y la densidad necesaria para comprometer al espectador con lo que sucede.

Las problemáticas se presentan en el desempeño actoral, la falta de quiebres o matices en el diseño de los personajes, cierta densidad sostenida en un mismo registro angustioso cuando el texto habla también de la salvación del hombre, molestias de calibre vocal, inseguridad corporal que devela una actuación incompleta. Estos desequilibrios son un riesgo frecuente en las producciones de maestros y aprendices, entre las ganas de hacer y decir y la preparación necesaria para construir con paciencia china.

También hay que pensar hasta qué punto puede llegar una tensión no sentida generacionalmente. La problemática de la dictadura y sus efectos en la juventud actual puede entrar en cortocircuitos en la transmisión generacional de la memoria; quiero decir ¿hasta qué punto puede movilizar a un actor y joven una historia contada por otros protagonistas? ¿Y en que punto puede interferir en su re-construcción actoral? ¿Qué representaciones de aquellas épocas colaboraron para elaborar los sujetos y el conflicto de la obra?

Esta investigación inconclusa de orden actoral entorpece el remate final de los signos de la obra.

El tema que aborda Sodiac y Selegna provoca una adhesión cómoda de la platea, arranca un aplauso panegírico. Tanto el texto como la puesta respetuosa anulan la posibilidad de reflexión crítica o de cualquier revisionismo riesgoso pero pensante, se clausura el pensamiento disidente sobre el pasado o sobre los mecanismos de la memoria sobre él. A nadie le interesa la postura políticamente incorrecta que ha visitado Luis Cano en su mítica puesta de Los murmullos en el Teatro San Martín o El socavón también de Cano.

Esos riesgos afectaron más favorablemente al llamado nuevo cine argentino generando otras formas de compromiso testimonial y otras estructuras para pensar lo político en el arte. Porque la pluralidad republicana también es eso, romper con el clásico binomio, hacer estallar el pasado en fragmentos que nos aseguren un futuro maduro y sano cívicamente hablando.

Sodiac y Selegna tiene intención de presentarse en la próxima Fiesta Provincial de Teatro. Allí se podrá apreciar nuevamente la perfomance de Sin Barreras

  • Patricia Monserrat Rodríguez

    Escritora y crítica teatral

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