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Andahazi y el origen de la sexofobia católica

Herejes-Libro.jpgAndahazi.jpgJusto en Salta, que es el centro mismo del conservadurismo y el ultracatolicismo argentino, el exitoso escritor Federico Andahazi explicó anoche cuál es -desde su punto de vista- el origen de la visión que nos impone la Iglesia Católica del sexo como algo pecaminoso. No estaba allí para escucharlo monseñor Mario Cargnello, por cierto.

Un auditorio compuesto por más de un centenar de atildados señores y coquetas damas escuchó al novelista, que resultó un charlista ameno y un polemista interesante, con un lenguaje llano, muy próximo al habla coloquial y sin ningún empaque intelectual. “¿Qué estaré haciendo mal para que ahora la crítica empiece a valorar mis obras?”, se preguntó Andahazi, quien es el novelista argentino que más libros vende -su nueva novela La Ciudad de los Herejes encabeza la lista de obras de ficción más vendidas en el país-, pero al que algunos especialistas acusan de “marketinero” y “oportunista”.


A medio camino entre el márketing y el acto cultural, la Editorial Planeta sigue adelante con su interesante ciclo de charlas de verano en la ciudad de Salta, que trae al Norte del país a destacadas figuras de la literatura nacional. Luego de la presencia del historiador Felipe Pigna y del periodista y escritor Martín Caparrós, le tocó ahora el turno al polémico y exitoso novelista Federico Andahazi. (El sábado 25 se completará el ciclo con el filósofo y poeta Santiago Kovadlof).

En el salón de actos de un hotel ubicado tras el monumento a Güemes, Andahazi desgranó ayer sábado a partir de las 20,30 una serie de anécdotas y reflexiones que fueron surgiendo en diálogo con un moderador que cobró un insólito protagonismo cuando se cayó aparatosamente con su silla. La situación en medio de la charla -que se extendió poco más de una hora- fue tan hilarante, que luego del inesperado percance, los dialoguistas intercambiaron bromas -que generaron nuevas risotadas de los oyentes- por espacio de unos 15 minutos.

Andahazi comentó que escribe en Buenos Aires, en confiterías y cafés, y que habitualmente las personas lo reconocen, lo saludan y le expresan su opinión acerca de sus obras. Valora esas críticas y las tiene muy en cuenta. No así la de los críticos literarios, quienes considera que “opinan desde el resentimiento, porque más que estar comentando los libros de otros, ellos quisieran escribir sus propios libros”. Es por ello, señaló, que cuando la Crítica comenzó a hablar bien de obras suyas como “El Secreto de los Flamencos” y “Errante en la Sombra” se preguntó qué estaba haciendo mal para ser objeto de tales elogios.

El escritor contó cómo el responsable de una editorial tiró a un cesto los originales de El Anatomista, advirtiéndole que ellos no publicaban autores inéditos. Entonces para poder publicar empezó a mandar sus obras a todos los certámenes literarios. Para su sorpresa -“nunca me sentí tan feliz”- ganó el premio “Santo Tomás de Aquino” -con un cuento casi pornográfico- y luego conquistó con otro relato breve el certamen “Desde la Gente”, organizado por el Partido Comunista.

A “El anatomista” la presentó simultáneamente para el premio de la Fundación Fortabat y para el premio Planeta. Cuando le anuncian de Planeta que su novela estaba entre las tres finalistas ya había recibido el telegrama de la Fundación Fortabat que lo declaraba ganador. Allí se le presentaba un dilema. La cifra que entregaba el Planeta era muy importante, no así la de Fortabat. Debía renunciar a éste para tener posibilidades de ganar aquél, ya que en sus bases el Planeta tenía como requisito que la obra ganadora no debía haber sido premiada en otro concurso. Finalmente aceptó el Fortabat.

Amalita Fortabat se indignó al leer la obra y había presionado -infructuosamente- al jurado para que no le diera el premio a Andahazi. “Quiero rendir homenaje a la valentía y honradez de ese jurado, que mantuvo la decisión de premiar mi novela. Fueron heroicos, porque tenían relación de dependencia con Amalita, quien a causa de esto los echó”, contó el escritor.

¿Qué es lo que había molestado tanto a Amalia Lacroze de Fortabat? Sin duda que el carácter audaz y polémico de la novela, que recrea la biografía imaginaria de un personaje histórico del que muy poco se sabe, un médico italiano que se atribuía el descubrimiento del clítoris “el órgano que gobierna el placer y el amor en las mujeres”. (A propósito de esto una señora mayor, sentada en primera fila, hizo anoche una acotación que Andahazi repitió, fingiendo escandalizarse por el comentario: Amalita se habría indignado al leer la novela por el hecho de descubrir ella tan tarde en su vida la existencia del clítoris).

“Toda novela nace de un hecho azaroso. Yo estaba consultando material para escribir una novela que transcurría en la Buenos Aires contemporánea y me encuentro con un pequeño recuadro en un libro que se titulaba “el otro Colón”. Allí se mencionaba como el descubridor del clítoris a un tal Mateo Colón. Me llamó la atención el apellido y el carácter del descubrimiento de este Colón, que nos lleva a un territorio mucho más interesante e importante aún que el descubierto por su tocayo Cristóbal. En esa coincidencia ya vi prefigurada la novela”, acota Andahazi, para quien hay verdad en la mentira de la ficción y elementos ficcionales en la verdad histórica. “No había nada sobre este Mateo Colón, encontré apenas un párrafo en la Enciclopedia Italiana y dos líneas en la Británica. Pero si entran en un buscador de internet -google, por ejemplo- encontrarán ahora mucho material biográfico sobre este personaje histórico. Pero es la biografía que yo le inventé”, acota el escritor.

Amalia Fortabat publicó una solicitada en los diarios de Buenos Aires rechazando al premio que su propia Fundación concedió, porque en su opinión “esta novela no contribuye a exaltar los más grandes valores de nuestra civilización”. Fue la jugada -involuntaria pero inmejorablemente eficaz- de márketing más importante de la historia de la literatura argentina. “El escándalo vende”, reconoció Andahazi. Publicada por Planeta, El Anatomista agotó la primera edición el mismo día que el libro salió a la venta, la segunda edición se agotó en dos días, la tercera en tres… La novela ya se ha publicado en 40 idiomas. Y este éxito internacional es el argumento que esgrime Andahazi para señalar que el interés por su obra no nace sólo del oportuno exabrupto de Amalita. “En Suecia no se puede vender una novela en base al disgusto de una señora a la que nadie conoce”, acota. Otro percance lo tuvo en Méjico, donde una cadena de librerías accedió a vender la obra pero no a mostrarla en los escaparates porque en la tapa hay una mujer desnuda. Por más que ese desnudo esté tomado de una pintura que se exhibe en Madrid en el Museo del Prado.

¿Que pasó con la película que se iba a filmar en base a la novela?, preguntó Salta Libre. Andahazi dijo que entre cinco ofertas se equivocó al vender los derechos a franceses -lo hizo porque está más cerca de la estética cinematográfica europea que de la norteamericana- quienes resultaron ser muy informales, y finalmente no hicieron la película. Este año recupera esos derechos. En su experiencia los norteamericanos resultaron más confiables y serios y lo comprobó por la forma profesional con que se manejan los productores que compraron los derechos de Las Piadosas. “Estamos hablando por teléfono y de pronto me dicen: “bueno, mañana nos vemos”, y al otro día aparecen en Buenos Aires”, ejemplifica. Y concluye que, después de todo si algo saben hacer bien los yanquis, es el cine.

Sobre Las ciudad de los herejes Andahazi dijo que ésta sí es una novela histórica en el sentido de que está basada en documentos y acontecimientos reales. Como el judaísmo y el mahometanismo, el cristianismo en su origen prohibía la representación de lo divino. Pero la Iglesia descubrió el poder “marketinero” de la imagen y una bula papal exigió que todo templo tuviera una reliquia. Lo cual significaba, en la práctica, fomentar la falsificación. Porque a partir de allí proliferaron los “Santos Sudarios” (hay 74 en todo el mundo -uno incluso en Santiago del Estero- y de cada uno de ellos se dice que “es el auténtico”), aparecieron centenares de huesos de mártires y de “santos prepucios”, comenzaron a atesorarse miles de astillas del madero en el que crucificaron a Cristo.

Lo del Santo Sudario fue importante, porque si existía un paño con la imagen que en él dejó el rostro ensangrentado de Jesús, eso era como un “permiso divino” para sortear la prohibición del primer mandamiento que ordena no realizar ninguna representación de “lo que existe arriba en los Cielos ni abajo en la Tierra”.

Andahazi señala que Jesús fue en realidad el cabecilla de una “secta apocalíptica”. Tomó del Libro de Daniel la idea de que se vivía en los últimos tiempos, que el fin del mundo era inminente. Ante ello traer al mundo nuevos seres humanos era absurdo. ¿Para qué engendrar hijos si el mundo se acabaría mañana mismo? Esta idea pasa a los apóstoles, que siguen siendo apocalípticos. De allí el rechazo al sexo que campea en los escritos de San Pablo, el desprecio y la desvalorización de lo sexual. Mejor es no casarse, que no haya relaciones sexuales. Allí está, para Andahazi, el origen de la sexofobia que caracteriza la moral de la Iglesia Católica.

A esa visión sombría y pesimista del sexo el escritor porteño contrapone la que trasunta la Biblia en El Cantar de los Cantares, a la que considera la obra cumbre del erotismo. En ella se celebran -con textos que bordean lo explícito- el placer y el amor en la unión gozosa de los cuerpos.

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