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30 años, son muchos años…

El concierto del lunes 18 de abril de 2011, fue un combustible excelente para la experiencia intelectual y auditiva de los habitués al Teatro de la Fundación. Las palabras del presidente, más las de Raquel Peñalba, todo un símbolo en estos 30 años de historia del Mozarteum cuando un grupo de visionarios de la cultura creyeron que era posible disfrutar de la música clásica en Salta, nos retrotrajeron cuando los conciertos del Mozarteum eran una isla en el desierto musical de Salta.


Y que mejor que festejar con música. Concierto de Gíntoli y la Orquesta de Cámara, viene con un programa especial denominado “Ocho Estaciones”, conformado en su primera parte por “Las Cuatro Estaciones Porteñas” de Astor Piazzolla (1921-1992) y “Las Cuatro Estaciones” de Antonio Vivaldi (1678-1741).

Piazzolla fue lo primero. Expuesto con sensibilidad colorística y ritmo. Si faltó el bandoneón, la orquesta Estación de Buenos Aires, calibró meticulosamente momentos, estilo y dinámica de cada estado de ánimo, sin la cual el fraseo se haría repetitivo y falto de la variedad y el talante que cada número requiere.

Los más logrados: Otoño, Primavera e Invieron en ese orden, mientras que en el Verano se extrañó el sonido tanguero del bandoneón, el bajo, pero en todos en general hubo alta definición sonora, que nos permitieron apreciar la más ínfima filigrana melódica del lirismo piazzolesco, el esplendor de sus cataclismos rítmicos, la administración y dosificación de los colores emocionales y las atmósferas presentes en cada giro.

Resistidas, incomprendidas en su época de gestación, hoy Piazzolla nos sigue maravillando, porque su modernismo no ha envejecido, es lacerante e incisivo como siempre, con su innovadora alquimia que encierra un alto voltaje musical.

Rafael Gíntoli en Salta (click para agrandar)
Rafael Gíntoli en Salta (click para agrandar)
Cuantas veces escuchamos las estaciones de Vivaldi, cuánto se escribió; inspiración melódica apabullante con pocos recursos, orquestación refinada y colorida, brío rítmico, brillo sonoro ingenuo y elegancia. Gintoli sabe extraer de su violín y de sus músicos la savia y el carácter, lo genuino de la música veneciana, su color, su mordente rítmico, su melancolía, pródigo en matices y contrastes.

Su lectura es bella aunque no exenta de ciertas brusquedades. Utiliza ciertos ornamentos sin caer en el puro efectismo y deja lugar a notas improvisadas. La gráfica expresividad, nos permite imaginarnos los copos trémulos, cortejos sonoros de seda esfumada en la claridad de un invierno lunar, tormentas y truenos. El súmmum para quien esto escribe, el “Largo del Invierno”, de consistencia cuasi líquida tanto la primera vez como en el bis. Agradecidos a Piazzolla, a Vivaldi, al Mozarteum, y a un final gourmet. Que sean 30 años más de cultura y excelencia.

  • Pablo Alejandro Sulic, Magister.

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